No solo era la luna

Los colores frescos de la primavera comenzaron a embellecer el pueblo de mis abuelos. El sol naciente ilumina con suavidad las verdes campiñas, y las primeras hojas de los árboles que brotan, hacen pensar que junto con el cambio de estación nos espera también un pueblo nuevo.

En vacaciones mis papás me traen a “Valle Grande”. Es un pequeño poblado que está casi a medio camino entre Santa Cruz y Cochabamba, por la carretera antigua. Tiene una plaza principal donde está la comisaría, la oficina de correos, la Iglesia, una posta médica y una cabina de teléfonos. Escuché que hay unas doscientas casas y un mercado donde se comen cosas ricas, pero yo voy directo a ver a mis abuelos, nunca me quedo en el pueblo. Mis papás me despiden y me mandan en una carreta hasta allá, como a media hora de viaje.  Es muy seguro el camino y la gente es buena.

Me llamo David, ya tengo diez años y desde hace tres que me dejan viajar solo. Realmente me lleva Samuel. Él conoce mejor que nadie el pueblo y el camino. Es un carretero muy hablador. Con él no me aburro, pero a veces prefiero no mirarlo mucho porque tiene el ojo derecho medio desviado y en el izquierdo, un lunar sobresalido entre sus pestañas que le estira el párpado y le cierra el ojo por el peso. Su bigote es negro y está envuelto en las puntas; no tiene cabello, pero tiene bigote. Ahora que lo pienso es un poco extraño, porque a veces ríe mucho, mostrando sus dientes amarillos, y de repente se calla y se pone serio.

“Como en quince minutos llegamos”, me acaba de decir, pero yo ya recorrí todo el campo con los recuerdos de otras vacaciones. Podré ver a mis abuelos después de un año y estoy feliz.

Espero ansioso subirme a los árboles, jugar con los perros corriendo por todas partes, montar a caballo, ir al río y lanzar muchas piedras. Ya quiero ayudar a mi abuelo con el arado y recoger frutillas con mamá Elisa… ¡Nada como sus mermeladas!

Estamos llegando, acabamos de pasar por aquel lugar que me da miedo… No se lo ve porque se esconde entre la hierba y las cañas de bambú. Parece como un pantano y nadie quiere cruzar por allí, ni siquiera acercarse, porque dicen que quienes fueron ya no volvieron y que hay ruidos extraños a partir de las seis de la tarde. También oí que se han visto sombras de una persona muy grande y encorvada. De eso no quiso hablarme ni el cochero. Todos prefieren cambiar de tema, pero yo siento mucha curiosidad…

Mis abuelos y algunos vecinos, que viven más lejos de aquí, siempre están pendientes del olor horrible que brota de ese lugar cuando hay peligro: como a musgo podrido y animales muertos.

Algunos dicen que cuando hay luna llena y las luciérnagas revolotean titilando agitadas, cuando los perros aúllan sin parar, las vacas quieren escapar y el viento se arremolina, es porque alguien del pueblo se perderá. Quién sabe…

La llegada fue todo un acontecimiento. Estoy feliz, aunque mi abuelo no hubiese tardado en decirme, casi al mismo tiempo de saludarnos, que me cuidara hoy especialmente, y que no intentara salir de la casa porque al atardecer el ambiente se pondría peligroso. “Esta noche tendremos luna llena…”

Mi abuela, tierna como siempre, casi me rompe las costillas de un abrazo. Me esperó con las bolitas de queso calientes que tanto me gustan y la leche recién ordeñada.

Ya es más de medianoche y no puedo dormir. Fue un día de muchas emociones. Será una vacación inolvidable. La luna se ve enorme desde mi ventana. Solo quiero salir un momento para mirarla mejor, porque es la primera vez que está tan cerca de mí. Solo un momento…

Me pongo las pantuflas que no hacen ruido y salgo. Tofi y Tufo no dejan de ladrar. Veo a las gallinas que se escapan y a las vacas que salieron del establo a toda prisa. Acelero el paso. No puedo dejar que se vayan, comienzo a sentir el mal olor del que me hablaron. Se me revuelve el estómago y vomito la cena de mamá Elisa. El viento sacude con fuerza a las gallinas que no saben dónde guarecerse. Vuelan sus plumas en todas direcciones. Me desequilibro, me limpio la boca con la manga del pijama, ¡qué asco! Moqueo, tiemblo, busco a las vacas…

Dicen que alguien se encarga de abrir las puertas para que los ganados huyan, y que los dueños jamás se enteran, porque ese aire extraño que llega del sur los adormece y no pueden escuchar la salida de sus animales. Espero que tampoco la de los nietos.

Avanzo. No traigo los mejores zapatos para este tipo de aventuras. Ya no hay rastro de los animales. La neblina no me deja ver casi nada. Alguien patalea desesperadamente en el agua. Escucho ese sonido, pero no sé de dónde viene. Comienzo a creer en esa historia del hombre que se mueve por los arbustos, de todas maneras, solo me acercaré un poco, para no desobedecer tanto al abuelo…

Todo está muy oscuro y algunos búhos graznan a varias voces, nunca los había oído tan cerca. Me siento observado y me agacho para que se callen. La hierba alta se sacude por el viento. Escucho un llanto muy cerca. Me paro y una ardilla se asusta, me salta sobre la cabeza ¡qué miedo! Dejo escapar un grito intempestivo.

El llanto es más fuerte ahora y puedo notar que es una niña. No veo a nadie. La luna parece un farol candente, es de color naranja, está ovalada y extraña, pero este rincón de maleza no me permite saber qué hay más allá. Me voy acercando al lugar de donde vienen el pataleo y el llanto y estoy a punto de cruzar la cortina de cañas, de hierbas y enredaderas. ¡Dios mío, es demasiado tarde!

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2 comentarios

  1. Qué maravilla Cecy!
    Felicidades !
    Muy entretenido y emocionante leerte! De verdad tienes un don muy especial !
    En hora buena !

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