Otoño sin ella
Decidida a sorprenderme con su llegada, me dejó perplejo y angustiado.
Laura regresaría y yo aun no estaba preparado… o, mejor dicho, ya no lo estaba. No sabía cómo le iba a hablar de mis sentimientos que, para entonces, sin querer habían cambiado.
Mi encuentro con ella era inevitable, sobre todo porque cuando nos despedimos aquel trece de agosto, yo le prometí, desde el fondo de mi corazón, que la esperaría fielmente el tiempo que tardase. Inicialmente sería un año, era lo que duraba su beca de estudios, pero luego se prolongó por tres meses más. Ella en Australia y yo aquí, muerto por su ausencia.
Fue una triste separación, muy difícil de sobrellevar. Encerrado en una profunda soledad, llegué a sentir que estaba viviendo una tortura y que los días pasaban demasiado lentos.
La extrañaba tanto, que todo, absolutamente todo, me recordaba a ella: Desde un suave olor a miel cuando endulzaba mi té de manzanilla hasta un ritmo agitado de cumbia al pasar por el mercado. Olores, sabores, perfumes, música, teatro, cine, flores, lluvia, puestas de sol, el campo, los chocolates… Y así podría hacer una lista interminable de lugares y cosas para explicar hasta qué punto, Laura se me había incrustado en la piel.
Sus cartas me reconfortaban desde que las recibía. Al abrirlas comenzaba una cálida ceremonia de sensaciones, que creaban una atmósfera mágica: Tocaba el papel con las yemas de mis dedos, podía oler su suave perfume. Cerraba los ojos y sentía cada letra dibujada con sus delicadas manos. La imaginaba sentada con un vestido blanco ligero, casi transparente, mientras me escribía. Al fondo, una puesta de sol naranja, arena blanca y el mar. ¡La amo, la amo! Me repetía a mí mismo una y otra vez con lágrimas de felicidad y de añoranza.
Me decía cosas muy bonitas, escuchaba su voz en cada línea que dilataba mi corazón. Me endulzaba los oídos. Después de haber leído varias veces cada carta, inhalaba una larga bocanada de aire e hinchaba mi pecho llenándolo de esperanza; mientras iba soltando la respiración en un prolongado suspiro, me volvía la sonrisa a la cara y las ganas de salir a enfrentar la vida. Esa mujer se me había vuelto vital.
Me pasaba a diario, cuando caminaba por las calles, recordaba el aroma a limpio de su cabello suelto, era una fragancia natural que me hacía tambalear todos los sentidos: Quería comérmela a besos y envolverla con fuerza entre mis brazos.
Con frecuencia se me venían los recuerdos de todo lo que hice para conquistarla y yo mismo me asombraba.
La mayor locura fue aquella mañana, cuando me metí al set de televisión con un ramo de rosas, ¡qué cara! Se puso blanca como un papel “Me las vas a pagar…” me dijo con la mirada, mientras se le trababa la lengua, al terminar de leer las noticias.
Vivimos muchas cosas y nos enamoramos perdidamente, esa es la verdad. Me sacudió el piso y por eso no me costaba, en absoluto, cumplir la promesa que le había hecho al despedirnos en el aeropuerto.
¿Qué habría pasado después?
Ya al inicio del otoño me había dado cuenta de que no me sentía igual que antes. Incluso los colores de las hojas, que caían en el jardín de mi casa, habían dejado de llamar mi atención. Es que a Laura le gustaban tanto ese tipo de cosas, que podía quedarse por horas contemplando los diferentes tonos de ocres, rojizos, cafés, amarillos, mostazas y ladrillos, como decía ella para clasificarlas, y pues… uno termina acostumbrándose, y si amas, hasta te puede llegar a gustar aquello que de otro modo hubieras considerado absurdo.
Eso llegué a creer: Que la amaba y que, por tanto, el otoño era la mejor estación del año.
“Estás obsesionado”, me dijo mi primo Carlos un viernes, mientras jugábamos una partida de boliche. Yo me quedé pensando en ese comentario por mucho tiempo, quizás demasiado. Trataba de aclarar mis dudas, y me sorprendí al sentir que tal vez el retorno de Laura ya no despertaría tanta ilusión en mí.
Al día siguiente me fui a un pub con los amigos y luego a “Polo’s Disco”, porque llegaba el aclamado grupo “Enjambre”. El domingo, al cine, y se me hizo increíble el no haber pisado esos lugares desde que se fuera mi chica. Allí me encontré con unas excompañeras y nos fuimos a cenar. Era otra cosa… ¡qué bien me sentía! “Quiero vivir mi libertad”, pensaba mientras me reía con ellas y disfrutaba de un buen vaso de whisky.
Las siguientes semanas también fueron entretenidas, nada malo, sólo diversión.
Una mañana, cuando me alistaba para ir a trabajar, sonó el teléfono: “Hola amor. Ya estoy aquí, ¡ya llegué!”, me dijo con voz excitada. No pude responder de inmediato, me agarró de sorpresa. Después de un breve silencio, quedamos en vernos en la tarde.
En su última carta me había dicho que le atraía la idea de llegar sin previo aviso, pero nunca imaginé que fuera tan pronto. Ahora que lo pienso, durante esas tres últimas semanas yo no había pasado siquiera por el correo…
Al oírla, sentí un profundo escalofrío y se me revolvió el estómago. Tenía que digerirlo. Me miré al espejo para hacerme la idea de cómo se vería ella a mi lado… Hice el esfuerzo para armar la imagen, pero fue en vano. No podía pensarla, por lo menos no junto a mí. Sentía, de pronto, que ni me acordaba de su cara.
Me esperaría a las seis y media en su casa. Cuidé mi pinta al detalle, aunque una extraña fuerza interior me hacía querer no gustarle.
Divagaba mientras manejaba, me sentía contrariado. Las manos me sudaban tanto que casi se resbalaban del volante.
Pensaba en todo lo que me alucinaba de ella cuando la conocí. Comencé con su cabello… Lo recordé sedoso, pero ni con todo el esfuerzo podía lograr que viniera a mi memoria ese aroma entre delicado y sensual que me enloquecía, hacía apenas unos meses.
Y así me pasé todo el camino, tratando de evocar recuerdos, imágenes y pensamientos que llegaban tarde, mal y nunca a mi memoria, hasta que paré el auto en la puerta de su casa.
No fue necesario tocar el timbre, me estaba esperando en la puerta con un aire de forastera rebelde: Cabello rojo recién teñido, bastante sobrepeso, pero la misma sonrisa tierna, unos “jeans” desflecados y botas de guerrillera.
Me encontré a otra persona, estaba irreconocible. Se lanzó a abrazarme.
—Mi amor, no puedo creer que estemos juntos otra vez, ¡te extrañé, te extrañé…!
—Sí. ¡Qué sorpresa la que me diste! Ya estás aquí —Apenas eso alcancé a decir.
Nunca me había sentido tan incómodo. Aquella no era la Laura de hace un año y pico, pero tampoco quería buscar una opción para que volviera a serlo.
Me soltó y me miró a los ojos fijamente con un aire de tristeza:
—¿Pasa algo? —preguntó.
—Te siento extraño, sé que estoy cambiada, pero lo que llevo adentro sigue intacto. Te sigo amando, como cuando me dijiste por primera vez que no quedaba un solo espacio en tu vida donde no me hubiese metido, ¿Lo recuerdas?
Yo me rascaba insistentemente la cabeza, todo me picaba por los nervios. A la vez sentía dolor al ver que mi amor hacia ella se había desvanecido más, en ese preciso momento.
—Tú sabes que te quiero mucho, Laura, así como también tendrías que saber que el otoño ya no es mi estación favorita.
Me sentí muy cruel al decírselo tan fríamente y además sin vueltas, pero creía que era lo mejor para evitarle mayores sufrimientos.
Parecería tonto diagnosticarle a mi corazón tan precipitadamente “desamor”, sin siquiera hacer el intento de hablar y ver qué pasaría en ese reencuentro, pero así sucedió. Creo que hasta le había sentido algo de mal aliento.
—¿No que muy fiel, con un amor inmenso y no sé cuántas cosas más…? —disparó, artera, la lengua de la pelirroja.
—Así es Laura, muy fiel. Te esperé contando los días y no salí con nadie, o sea que no pasa por allí.
—¿Entonces por dónde pasa?
—No lo sé… El tiempo, la distancia, las vivencias… las tuyas y las mías…
—Okay, vete ahora mismo a tu casa o adonde quieras. Con mis vivencias no te metas, porque no tienes la menor idea. Más bien pon en claro lo que tú sientes. Gracias por la espera, por la fidelidad y por todo, incluyendo, aunque no creas, también la sinceridad.
Esa fue la última vez que la vi.