Una historia en el ejido: la parte oscura

Me acuerdo de aquel cráneo deformado con el que jugábamos hasta la media noche, me parecía el mejor juego del mundo: una esfera achatada que viajaba por el aire velozmente haciendo movimientos circulares, y a quien le pegaba, pagaba… ¡Qué divertido! iba y volvía como un boomerang… ¡Cuántas cejas habría abierto!

Las viviencias de la infancia, no se olvidan. Esas aventuras salvajes que se quedan en la memoria y allí permanecen para siempre. Y de cuando en cuando uno las desempolva, se acuerda y casi siempre añora…

Tengo cincuenta y tres años y una vida medio chueca. Chueca pero con ganas de enderezarse y dar buenos frutos, como las peras de este ejido: de origen dudoso pero de sabor incomparable.

Me llamo Pablo y estoy viviendo una lucha entre el bien y el mal. Dios sabe que lo he intentado. He salido a las calles varias veces en busca de oportunidades limpias. Quise trabajar bien pero no tuve suerte.

Mi mujer me abandonó, seguramente por la falta de dinero, y mi madre no tardó mucho en despedirse de este mundo que ya la había cansado. A partir de entonces terminé de decidir que por la vía fácil me iba a ir mejor: Robar para vivir, beber para aguantar y obedecer estrictamente lo suficiente para no morir.

El cuarto cigarro me hace dar cuenta de que llevo sentado sobre esta piedra helada como dos horas. Medito y despierto, recuerdo y extraño, siento que casi nada ha cambiado aquí. El mismo suelo negro de antes, con olor a pasado, el mismo poblado abandonado, sin ganas de que lo molesten. 

Nunca hubiera pensado en regresar al ejido, pero San Mitre tuvo que ver en esto. Mi madre siempre me decía que nuestras oraciones, con devoción, son atendidas. Le recé hasta pelarme las rodillas al santo del pueblo y entre que no quería irme y luego no quería volver, el patrono me marcó los pasos y aquí estoy de nuevo.

“La fe, la fe, hijo, hay que acrecentarla…” pero eso era lo que a ella le faltaba, de otro modo jamás nos hubiéramos marchado de aquí.

Que las casuchas, que el callejón sin salida y la humedad y las rodillas, nadie con quien hablar y el silencio, y la quietud: Ella no era feliz, pero mi padre se hubiese encargado de hacerla sonreir, hubiéramos trabajado la tierra negra, fértil, todo era cuestión de actitud.

Este ejido me llevó a construir mis propias historias. Tal vez no debería quejarme, aunque a eso vine, a confesarle a este cielo oscuro que quisiera cambiar mi vida, y quién sabe si algún día pueda sentir otra vez la fragancia de los alelíes.

La única forma de ir a la primaria era trasladándonos de aquí, aunque esa es otra historia.  Me costó mucho dejar de pensar en el juego de los cráneos con mis amigos y cómo me divertía al recordar… Pero acabo de caer en cuenta de que nadie respetó esos cadáveres. Esos cráneos fueron recipientes de ideas y de ilusiones, de conocimientos y esperanzas, y nunca nos lo dijeron, posiblemente para que tuviésemos algo con qué entretenernos y no molestar tanto a nuestros padres. Lo más probable es que, ya desde ese tiempo, le hubiese perdido el respeto a la vida y a la muerte. Y más tarde, cuando comencé a robar, entendía que lo hacía por necesidad, aunque después me venía la resaca moral.

Siempre he estado lidiando entre el bien y el mal, como todos, cada quien desde su propia esquina.

“Nunca es tarde…” me decía mi abuela para que me arrepintiera por robar peras, pero bien que ella luego las disfrutaba, en almíbar, o los huevos del gallinero del vecino con que ella nos hacía los revueltos… ¡Ahí está!: todos con nuestra parte oscura. Yo, ahora, con ganas de arrepentirme y cambiar…

—¿Te leo la suerte, señor? —me asusta una gitana, mientras busca mi mano.

—Mmm… la suerte ya la tengo —le respondo con una sonrisa en los labios, mientras comienzo a sentir la fragancia de los alelíes; suficiente presagio para estar tranquilo de cara a lo que venga.

Entradas similares

  • Otoño sin ella

    Decidida a sorprenderme con su llegada, me dejó perplejo y angustiado. Laura regresaría y yo aun no estaba preparado… o, mejor dicho, ya no lo estaba. No sabía cómo le iba a hablar de mis sentimientos que, para entonces, sin querer habían cambiado. Mi encuentro con ella era inevitable, sobre todo porque cuando nos despedimos…

  • Otoño sin ella

    Decidida a sorprenderme con su llegada, me dejó perplejo y angustiado. Laura regresaría y yo aun no estaba preparado… o, mejor dicho, ya no lo estaba. No sabía cómo le iba a hablar de mis sentimientos que, para entonces, sin querer habían cambiado. Mi encuentro con ella era inevitable, sobre todo porque cuando nos despedimos…

  • No solo era la luna

    Los colores frescos de la primavera comenzaron a embellecer el pueblo de mis abuelos. El sol naciente ilumina con suavidad las verdes campiñas, y las primeras hojas de los árboles que brotan, hacen pensar que junto con el cambio de estación nos espera también un pueblo nuevo. En vacaciones mis papás me traen a “Valle…

10 comentarios

  1. Muy lindo relato hijita, realmente es lo tuyo, pero no me dejes a medias pues, el domingo me cuentas. Adelante preciosita eres capisima!

  2. Que linda forma de narrar la historia! Felicidades querida Cecy y sigue adelante!!! Tu buen trabajo refleja tu pasión por las letras.
    Te mando mi cariño.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *